CSI XIII: El lenguaje de las máquinas

Muchas personas han oído hablar alguna vez de lenguajes de programación. Se intuye que los lenguajes de programación sirven para decir a un computador qué instrucciones debe ejecutar para llevar a cabo determinada tarea. Claro, que eso es bastante complicado de realizar. Si nosotros pudiésemos hablar al ordenador le diríamos: "conéctate a Internet" o "Inserta al nuevo cliente en la base de datos". Bueno, eso podemos, podemos hablar al computador todo lo que queramos. El problema es que dudo mucho que entienda nuestro lenguaje.

¿Qué lenguaje entiende un computador?. Según el párrafo anterior la respuesta sería: lenguajes de programación. Otro, quizá, más versado, diga: "el de unos y ceros". En realidad es una pregunta trampa, porque el concepto de lenguaje es una abstracción humana. Si llamamos lenguaje al conjunto de señales que emitimos y recibimos para comunicar algo, entonces el lenguaje de las máquina sería el de las señales eléctricas de tensión que según sus niveles, llamamos 0 lógico o 1 lógico. Si en cambio llamamos lenguaje a una construcción de símbolos (o palabras) gobernadas por una gramática, entonces la respuesta está más cerca de la primera.

No sólo los computadores como su PC entienden lenguajes: muchas máquinas, robots de procesos industriales o ascensores entienden algún tipo de lenguaje que los hace funcionar: qué características tiene ese lenguaje es lo que voy a intentar explicar en los siguientes posts.


[Antes de continuar aviso que me estoy metiendo en camisa de once varas, porque éste no es, ni mucho menos, mi campo natural. Avisado queda el lector avanzado]

Nos ayudará a entender qué lenguajes entienden las máquinas una pequeña revisión histórica. La programación más antigua de una máquina conocida es la de los telares de de Jacqard (1801), donde una tarjeta perforada controlaba el movimiento de las agujas. Aquí, por supuesto, no había computación alguna sino que los agujeros en las tarjetas permitían ciertos movimientos. Otras máquinas utilizaron este sistema y cuando nacieron los primeros computadores, basados en dispositivos electromecánicos, la tarjeta perforada se empleó para asignarles instrucciones y entrada de datos.

Durante la IIGM, por ejemplo, los grandes computadores se utilizaban para los complicados cálculos de trayectorias. Richard Feynman, en los laboratorios de Los Álamos estaba encargado de la sección informática. En el libro ¿Está usted de broma, sr. Feynman? narra cómo los ingenieros debían escribir los programas en tarjetas y, secuencialmente, introducirlas en la máquina para que ésta realizara su trabajo. Si te equivocas en el orden las has fastidiado1. Aquí hay que entender que un computador es un procesador de instrucciones, nada más. Y las instrucciones que puede ejecutar son específicas de cada chip o circuito impreso.

Las tarjetas representaban en ocasiones códigos binarios (ceros y unos). Cada código identifica una instrucción o operación que puede hacer la máquina. Las operaciones que puede hacer un procesador son terriblemente sencillas: lee una instrucción de la tarjeta, multiplica un dato por otro, escribe sobre una posición de memoria... muy poco más, no se crean. Al lenguaje de unos y ceros se le llama código máquina.

Se pueden imaginar lo complicado que era programar de este modo un computador. Pero pronto, en la década de 1950 aparecieron una serie de códigos mnemónicos para identificar cada instrucción. Estos códigos consistían en unas pocas letras, que representaban el nombre de la instrucción seguidas de los operandos propios de cada una de ellas. Por ejemplo:

ADD A, #03h

significa, una vez traducida al código máquina:

00100100 00000011

Y representa la instrucción que dice que hay que sumar un número (3) al registro acumulador, que guarda los resultados de la unidad sumadora. Como ven, se trata de un avance significativo, porque programar se convierte en algo mucho más sencillo. Es muy fácil recordar los códigos de un procesador y más difícil equivocarnos. Por ejemplo, si escribo AFD A, #03h, el programa que traduce estos códigos a lenguaje máquina se quejará, porque no existe ningún código llamado AFD.

El programa que traduce estos códigos al lenguaje máquina se llama ensamblador1. Y también se llama así al lenguaje generado por estos códigos. El paso de lenguaje máquina a lenguaje ensamblador produjo la llamada segunda generación de lenguajes.

Pero el ensamblador tiene algunas pegas: la operación que hemos visto, por ejemplo, pertenece al juego de instrucciones del procesador 8051 y, por tanto, no sirve para ningún otro procesador que no sea compatible con éste. Esto significa que un mismo programa no nos sirve para distintas máquinas y que cada vez que una compañía de chips cambie el juego de instrucciones del procesador, necesitaremos reescribir todos los programas que tenemos (por eso se intenta cambiar pocas veces el juego de instrucciones y cuando se hace es para ampliar, pocas veces para quitar).

Efectivamente, el lenguaje ensamblador está demasiado pegado a la máquina: para programar bien tienes que conocer detalles de la arquitectura del procesador. Por ejemplo, si no sabes cómo funciona ni donde está el registro acumulador del procesador, difícilmente sabrás cómo hacer una suma, por más que exista una instrucción llamada 'ADD'.

Era necesario "independizar" de alguna manera el código que escribíamos en cierto lenguaje del modo en que el procesador actúa. Y por cierto, estamos hablando de 'lenguaje', pero está claro que una secuencia de estos códigos se parece a todo menos a un lenguaje tal y como lo hablamos o leemos.

Sin embargo, imaginen poder decir a cualquier procesador algo así como:

si nuevo_nombre es_igual_a Ramon
entonces dime "Hola Ramon"
y_si_no dime "No te conozco"


Pues bien hay maneras de crear lenguajes de esta manera: a la nueva generación de lenguajes que pudo hacer eso: abstraerse de la máquina donde son ejecutados se les llamó lenguajes de tercera generación y los primeros surgieron hacia los años 60. Los lenguajes de tercera generación se separan tanto del computador que están más cerca del ser humano que de la máquina: por su nivel de abstracción se llaman lenguajes de alto nivel.

Y en el siguiente capítulo veremos cómo se puede conseguir hacer eso.

1 Como le pasó al pobre Apu, el creador del primer programa para jugar al tres en raya. Bart desordenó sus tarjetas perforadas.
2 Quizá se pregunten cómo se ha escrito el propio programa ensamblador. Pues los primeros de ellos, claro está, se escribieron en lenguaje máquina.

Por si les interesa: aquí el juego de instrucciones del 8051

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Una historia personal de El Águila

Es la primera vez que hago una entrada de copia y pega, pero creo que merece la pena. Lo que viene a continuación es una historia sobre la cerveza El Águila (la cerveza española) contada en primera persona, desde que el autor de niño contemplaba la cerveza con extrañeza hasta que fue partícipe de su sabor. Habla de mi ciudad, Valencia, y de un edificios que fueron y que ya no están y que yo no conoceré. Habla de jugar en la calle, cuando eso ya casi está perdido. En fin, creo que acaba sobresaliendo por encima de una simple opinión acerca de una cerveza. Lo mejor es que lo lean.

Lo encontré preparando uno de mis posts sobre Amstel y la verdad es que supe de inmediato que querría hace un post con él. He tratado de ponerme en contacto con la persona que lo escribió, pero me temo que eso ya no es posible. La página es accesible desde cualquier buscador aunque quizá suponga algún tipo de falta publicar en esta otra página su opinión. En todo caso lo hago con intención de procurar un sencillo homenaje a su autor, y espero que ningún amigo o familiar lo considerara inadecuado si lo viese. Espero que les alegre saber cómo he disfrutado de su lectura


Mi vieja cerveza (por calzedefoc)

Hoy voy a hablar de la cerveza El Águila, una de las cervezas de mi niñez, la otra marca es El Tùria, empresa que fue comprada en su día por la Marca Damm.

Recuerdo que solo se compraba en los días muy especiales, es decir, cuando venían amigos o familiares y había que demostrar que uno era un honrado trabajador y no un pobre que vivía de la caridad. Me gustaba que vinieran estas visitas porque de esta manera a mí me compraban una Coca-Cola o una Fanta de naranja, porque como era un niño no podía beber alcohol, cosa que siempre me ha hecho gracia ya que muchas veces te daban un trozo de pan con un chorrito de vino y azúcar o cuando comías poco te daban un vasito con vino quinado para abrir la gana.

En esa época, los años 60, las marcas de bebidas tenían su propio envase, su marca distintiva, pintada en la botella y secada al fuego, no como ahora que llevan una etiqueta pegada y va que se mata. Cada marca de cerveza tenía su propia botella, no como ahora que están estandarizadas. Como tenías que devolver el casco, que te lo cobraban cuando comprabas por primera vez un producto (lo mismo daba que fuera cerveza, vino, gaseosa o un refresco) cuando lo tenías que devolver tenías que ir a una tienda o bodega que tuviera dicha marca, ya que no aceptaban la de los demás, al no ser que fuera un local grande y tuviera de todas las marcas.

La cerveza El Águila tenía como marca dicha ave, igual que ahora y decía donde estaban ubicadas sus fábricas y ponía el escudo de la ciudad. Me acuerdo que en aquella época eran tres fábricas: Madrid, València y Córdoba. Todo ello en pintura de color amarillo y el tapón era metálico como ahora, pero la parte interior no tenía un plástico sino que era de corcho muy fino. En aquella época estaba de moda entre los niños el jugar con las chapas y las de las cervezas eran las preferidas, sobre todo esta marca, más que las del Turia. Las que eran de locura eran las marcas de otras cervezas que no se vendían por donde vivías.

En esos años era muy difícil encontrar cerveza de otra marca en un sitio que tuviera una fábrica, no como ahora, que puedes encontrar una misma marca en muchos sitios de España. El color de la cerveza El Águila era más oscuro que el de ahora y tenía un sabor muy amargo, lo sé porque como teníamos prohibidos beberla (no hay nada como una prohibición para hacer lo prohibido, hay que reconocer que tiene su encanto) bebíamos a escondidas la poca cerveza que quedaba en los vasos de los mayores.

La fábrica de València estaba en la zona del puerto, al lado de la vía de RENFE, ya que como era una línea en superficie dividía la zona de manera total. Ocupaba un espacio enorme y un día la visite con mi padre, no fue una visita organizada, sino que mi padre conocía a algunas personas que trabajaban allí y una tarde (cuando no estaban los oficinistas) me la enseñaron y lo único que me acuerdo era donde esterilizaban los envases. Era una especie de caldera, con agua muy caliente, en donde introducían las botellas para poderlas rellenar de nuevo. Según comentó el amigo de mi padre el problema que tenían es que algunos desaprensivos ponían dentro de ellas objetos metálicos y si no se daban cuenta se vendía una botella de cerveza con sorpresa (como los Kinders actuales), lo cual, lógicamente, no les gustaba.

Esta marca fue favorecido por el anterior régimen, lo mismo que la SEAT y ENASA (fabricante de los camiones Pegaso) y empezó a fabricar cerveza especial, la cual fue la única que reconoció el Ministerio de Información y Turismo, dirigido en ese momento por Manuel Fraga Iribarne (actual presidente de la Xunta de Galicia). Estábamos ya en los años 70 y España empezaba a despegar económicamente y empezaba a ver más demanda de productos, ya se bebía cerveza con cierta regularidad (no hacía falta que vinieran familiares) y nuestros familiares emigrantes a Europa nos traían productos que en ese momento no estaban en el mercado español o lo estaban de manera muy minoritaria. Con dicha demanda empezaron a importarse cervezas extranjeras y también las fábricas españolas empezaron a hacer productos especiales. Pero vino el tío paco con las rebajas. Como ya he dicho, en España, la única cerveza especial reconocida era la de El Águila, por lo que los inspectores de Turismo empezaron a recorrer los locales de ocio pidiendo una cerveza especial y si no le daban la marca correcta eran multados por no cumplir la normativa vigente. Por lo que los locales que tenían otras cervezas tuvieron que venderlas como normales o como de importación, jamás como especiales. Por fortuna dicha época ha pasado y espero que no vuelva.

Las cervezas españolas normales se han hecho más suaves, más claras y sus fábricas (hablo en general, siempre hay excepciones) normalmente no tienen muchas calidades, incluyendo a El Águila. Me imagino que todo depende del mercado de la oferta y la demanda. Porque diversificarse en muchos productos tampoco es bueno empresarialmente a no ser que esté muy respaldado por su consumo.
Es la cerveza que más he consumido en mi juventud, la que tenías en cualquier bar de València y siempre ha mantenido una cierta calidad, no ha dado gato por liebre. El problema es que empecé a beber cerveza más fuerte, de más graduación y últimamente apenas la pruebo, excepto cuando compro botellas de litro, entonces si que confío en ella.

La verdad es que (vemos que los anuncios actuales se basan en ese hecho), siempre ha sido y es la bebida que hemos tomado los amigos cuando nos reuníamos, primero porque sabe bien y luego porque es mucho más barata que los combinados. Su único problema, para mí, cada uno tiene su opinión, es que tienes que ir más veces de lo normal a evacuar las aguas menores.
Sin nada más que desearos que siempre esté en vuestros hogares la salud, el amor y el dinero me despido hasta la próxima.


Hasta siempre.

Fuente original
La foto (y botella) es de Kike, cervecero y coleccionista, quien mantiene además un gran blog. Amablemente me ha dado su permiso para publicarla

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Cata de vinos: un cervecero infiltrado

Pues sí amigos. La semana pasada asistí, en buena compañía, a un cursillo de dos días de Iniciación a la cata vinos. Por supuesto, lo hice con la más malévola de las intenciones: aprender todo lo necesario para aplicarlo luego a la cata de cervezas. Por desgracia, en mi ciudad no conozco iniciativas de cata de cerveza en ningún lugar. De todos modos, quedé tan encantado con la experiencia que no dudo volverá a repetirse y me tomaré más a broma mi papel como agente doble.

El curso constaba, en primer lugar una presentación teórica acerca de la historia del vino, su proceso de fabricación y las fases de cata. Luego venía la cata, que fue lo más entretenido, claro. Pero lo primero que me llamó la atención de toda la presentación fue la ausencia de mención alguna a la cerveza. ¿Alguien se imagina un curso de cerveza donde no se nombre la palabra "vino"? ¿No somos los cerveceros un poco quejicas? ¿Tendremos acaso sentimiento de inferioridad, que tenemos que estar recordando constantemente que la cerveza no tiene nada que envidiar al vino?. En fin, planteadas quedan estas divagaciones.


Sobre la historia del vino y su elaboración no hablaré aquí. Que este es un blog de cervezas, leñe.

Pero lo de la cata fue impresionante. Para educar el olfato, el ponente nos propuso un juego. En cadena, cada uno de nosotros tenía que identificar el origen de 20 fragancias distintas, embotelladas en pequeños frascos numerados. Fue una auténtica tortura, para mí y para la mayor parte de compañeros. Pero veamos algunos de mis resultados.

Dije Jabón y era... Piña
Dije Pintura y era... Cuero
Dije Barniz y era... Pimiento verde
Dije Poleo y era... Heno recién cortado

Bueno, así unas 20 botellitas el primer día y unas 13 en el segundo, donde acerté unas cuantas más. Lo curioso es que, una vez te han 'chivado' la respuesta, el olor aparece bajo tu nariz inconfundible. Y lo mismo sucede cuando se trata de acertar con los sabores que se perciben en un copa.

La cata fue estupenda: 4 vinos el primer día y 5 el segundo. Mientras que el primer día probamos un blanco, un espumoso, un rosado y un tinto, el segundo día catamos 5 tintos distintos. Tal variedad permite identificar los aromas y sabores por comparación y es una experiencia muy enriquecedora. Te permite dejar un poso de vino en la copa y retomarlo más tarde.

Me quedó claro que lo realmente difícil es poseer una buena memoria olfativa y gustativa. Identificar algunos de los muchos olores que se perciben es como localizar una punta de hilo en una madeja enmarañada y tirar de ella. Para ello no sólo se necesita tener buena vista, sino también saber dónde y qué es lo que hay que buscar. Comprendiendo las fases de elaboración del vino podemos estar mucho más atentos y buscar el sabor de la fermentación láctica, la astringencia de los taninos o el tostado de las diferentes maderas, por poner algunos sólo ejemplos.

Aprendimos además cómo la intensidad y fragancia de los aromas evoluciona en la copa durante el tiempo que dura la cata. Y comprobamos cómo muchos vinos desarrollan sabores distintos a medida que se calientan o se les oxigena. No había mareado tantos vinos en la vida. Y la verdad es que la experiencia se nos quedó corta.

Muchas de estas prácticas (que no todas) se pueden aplicar a la cerveza. Por supuesto, los olores primarios y derivados del proceso de fabricación serán distintos. Por ejemplo, una vino con olor a mantequilla indica que ha tenido un fermentación láctica, y es perfectamente aceptable. En cambio, en la cerveza, la presencia de mantequilla no es agradable e indica un exceso de diacetilo.

Todavía no me atrevo a poner notas de cata de cerveza e este blog: me falta más práctica. Pero poco a poco iré mejorando y algún les sorprendo con alguna entrada de cata.

Y en cuanto al vino, qué les voy a contar. El fin de semana pasado acompañamos la cena con un estupendo blanco valenciano, Pago de Tharsys 2006, de vendimia nocturna1. Le encontré un ligero aroma a fresa y era....
piña tropical!. Necesito más cursitos de estos.

1 Los cerveceros también tenemos estas extravagancias, no se crea usted que no. La cerveza suiza Vollmond se elabora con luna llena y con todo el misterio que acompaña a una etiqueta preciosa. La cerveza en sí me pareció, en cambio bastante insípida e irrelevante.

Como el curso me encantó lo promociono:
Impartido por Verema. (Club de aficionados al vino)
La foto, (como siempre Creative Commons) es de Riebschlager

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El tamaño de la cerveza

Iba a escribir una pequeña entrada contestando el meme de Culturilla Cervecera. Como ven, era muy sencillo, se trataba de averiguar cómo se pide una cerveza a través de la península ibérica y más allá. Pero pensando sobre ello me he dado cuenta que el tema puede ampliarse y propiciar una discusión interesante: ¿cuál es el tamaño adecuado de una cerveza?.

Lo pienso porque aquí en Valencia una cerveza se pide un tercio, si se desean 330ml de este brebaje. En cambio, si se desean 200ml se pide un quinto. Aunque, hay que reconocerlo, el quinto no es muy popular en Valencia, donde se suele sustituir por una caña, cuya cantidad depende de la generosidad del vaso.

Familiares madrileños y conocidos en el sur de España beben muchos más quintos, a los que llaman botellín. Si les pregunto por qué no piden tercios (o "medianas") me responden... "¡que el tercio se calienta!". Así que he aquí una buena razón para un pequeño tamaño de botella: el calor1. Pero: ¿qué sucede en otras partes del mundo?


En España la cosa está clara: las medidas son 200ml y 330ml. Lo siguiente es la litrona. Que yo sepa ninguna cervecera española comercializa a gran escala otros formatos. Aunque la medida de 330ml sea tan arbitraria como cualquier otra.

Y es que no hace tanto que en España la medida de la "mediana" eran 300cl. Y la del botellín 250ml. Así que lo que hemos perdido por un lado lo hemos ganado por otro. Y cuando las Voll-Damm eran simplemente Extra y no Doble Malta, medían 320cl.

Pero subamos un poco. En Bélgica, país cervecero por excelencia, las cervezas miden 330. No vi ni una sola cerveza de 200cl. Quizá sea por el calor. Entre las belgas destacan por su rareza y preciosidad las botellas de Lambic. Su tamaño es de 375ml, servidas en botellas de champaña. Muchas cervezas belgas y saison francesas distribuyen sus productos en botellas especiales de 750ml. Éstas, como las botellas de vino, pueden acompañar una cena y ser un estupendo regalo cuando se desea sorprender a unos anfitriones. Yo lo hago así.

Pero veamos zonas más frías... en Alemania la medida de la cerveza es el medio litro. Aunque existen las botellas de 330ml, el medio litro es el rey. Casi todas las cervezas de Baviera son de este tamaño... excepto cuando llega la Oktoberfest donde la jarra (unidad mínima de consumición) es de 1 litro. Como para meter 5 botellines madrileños, vamos.

Demos un paso más en la medida de la cerveza. Los ingleses siempre han sido muy especiales. Allí toman la octava parte de un galón. A la que llaman pinta. El problema es que ya nadie sabe lo que es un galón y en cada lugar del antiguo Imperio Británico significa una cosa. Así que si a usted le están sirviendo una pinta, es posible que esté tomando medio litro de cerveza, o quizá 568ml, que es la medida de la Pinta Imperial, la más extendida. O quizá menos, si está usted en los Estados Unidos. Yo cuando viajé a Irlanada me tomé 4 pintas invitado por mi familia de acogida. En ese mismo tiempo, mi "padre irlandés" se hizo 6. La madre 3 más un cubata. Es lo que pasa cuando acostumbran a pagar en rondas. También puede usted pedir media pinta, pero no le mirarán bien.

Cruzando el Atlántico, Brasil es el país que más sorprende. La "mediana" tiene un tamaño de 355ml. Otros países sudamericanos comparten esta medida o redondean a 350ml. Sin embargo, estando en grupo, en Brasil acostumbran a pedir botellas de 600ml. ¿Y no se les calienta?, preguntarán los madrileños. Pues no, porque se deja reposar en un cubilete o camisinha que la envuelve, como si fuese un preservativo. Y digo preservativo porque allí llaman al condón también camisinha. Además, la cerveza brasileña se toma compartida, en vasos muy pequeñas y apenas por encima del punto de congelación.

La cerveza "india" Cobra vende la cerveza en botellas de 330ml y 660ml. Y, como ya he dicho, muchas cerveceras elaboran una cerveza especial 750ml que presentan, en ocasiones, en lujosas cajas. Lo siguiente es el litro, presente aquí y en muchos países.

¿Y luego?. Bueno, he visto botellas especiales de 5 litros de algunas cervezas con glamour, como Chimay. Y ahora se ha puesto de moda en España los barrilitos de 5 litros de Lager, que los figurantes de los anuncios meten en neveras sorprendentemente vacías. Pero en el consumo de cerveza alejado de las fiestas... digamos "de corriente" el país ganador en cuanto a tamaño de cerveza es...

Bulgaria

Que vende cervezas de 2 litros sin el mayor problema, como Apuaha o Kamenitza. No sé si será porque hace mucho frío y la cerveza no se calienta. O la comparten entre muchas personas. O se la beben muy deprisa, vaya.

Y aquí acabo dejando caer dos preguntas:
- ¿Cuál es la botella de cerveza MÁS PEQUEÑA que habéis visto?. Y no valen las de los aviones.
- ¿Cuál es la más grande?

Y una pregunta maliciosa... ¿el tamaño importa?.
¡Depende de al precio al que lo vendan, digo yo! ;-)

1 También pasa que en muchas partes de España se sirve una tapa acompañando al botellín. Y claro, a más botellines, más comida. Aquí en valencia eso no existe. Al menos no con la misma calidad. Lloro todos los días por esta causa.
2 Chela ya ha hablado un poco acerca de todo esto en su respuesta al meme.

Las fotos son todas de mi colección de etiquetas.
Pinar me ha asesorado acerca de la cerveza brasileña.

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The Session #15: Empezar (tarde) a beber cerveza

No se vayan a creer, ni mucho menos, que este pequeño grupillo de blogs cerveceros que tengo a la derecha es todo lo que hay en la blogosfera breweriana. Ni son todos los que están ni están todos los que son. Los lejanos compañeros anglosajones no sólo tienen blogs cerveceros que tengo pendiente enlazar, sino que además tienen la buena costumbre de acordar un tema al mes para hablar de él. De este modo se exponen distintas visiones sobre el mismo.

Aunque los compañeros hispanohablantes aún no estemos organizados de ese modo, siempre podemos sumarnos a los temas que se proponen desde las islas. Y eso es lo que ha hecho Chela con un magnífico post (y el Filósofo Cervecero ha hecho otro tanto). Y yo he decidido hacer lo mismo y sumarme al tema: relatar cómo empezó mi gusto por la cerveza. Aunque me temo que mis inicios son menos prosaicos y más comunes. Tardíamente, pero allá va.

Por cierto, esta entrada tiene banda sonora nostalgiota.
boomp3.com


Empecé a tomar cerveza... cuando se tiene que empezar a tomar cerveza, supongo. Al llegar al instituto. Al principio cuando se salía, en las primeras cenas con los compañeros, con unos 15 años. Entonces la edad mínima para beber cerveza eran 16 años, así que no era raro comprar cerveza con esa edad, ni siquiera en los supermercados. También se podía comprar alcohol después de las 10. Y beber en la calle no estaba prohibido, que supiéramos. Con todos estos ingredientes, se puede entender que soy un producto del botellón.

El Carmen, centro histórico de la ciudad de Valencia había perdido gran parte de la marginalidad que lo acosaba, gracias a la rehabilitación de los bajos y la apertura de decenas de restaurantes y pubs, que lo convirtieron en la zona de ocio más atrayente: ciertas calles estaban saturadas por la pijería urbanita y otras a reventar de jóvenes desarrapados. Estos se dedicaban a beber, tocar el djembe, fumar, beber otra vez y hacer malabares en las plazas. Yo estaba entre estos últimos. Las noches de Valencia en el Carmen eran una especie de bacanal estruendosa, divertidísima. Hoy en día no entiendo cómo los vecinos no nos asesinaron cualquier noche.

Pero me estoy desviando. Eso de beber litrona no era descubrir la cerveza. Realmente descubrí La Cerveza, con mayúsculas, en un pub de cuyo nombre no quiero acordarme, cercano al instituto. Los viernes por la tarde, a la salida, nos metíamos en él y no salíamos hasta la hora de cenar, casi siempre para quedar una hora después. El pub tenía una amplia carta de cervezas, de entre las cuales, un día cualquiera, me llamó la atención una Belle-Vue, cerveza de frambuesa.

Recuerdo además que la pedimos a medias, porque ni antes ni ahora estaban baratas las cervezas de importación y menos en ese pub, de cuyo nombre no quiero acordarme. La cerveza tenía un tapón de corcho (¡una cerveza con tapón de corcho!) y me pareció tan maravilloso que existieran cervezas TAN raras que decidí probar, poco a poco, todas las cervezas del pub. Además, creo que fue ese día cuando empecé a coleccionar etiquetas. Como la cerveza la habíamos pagado entre dos, nos echamos la suerte de su pertenencia. Y no tuve suerte: me tocó la parte trasera de la misma. Quizá Pinar aún tenga la frontal.

A partir de ahí, todo ha sido buscar nuevas cervezas. Al principio tenía a La Trappe Dubbel como la mejor cerveza del mundo, pero es que aún no había salido del pub. Cuando seguí probando me di cuenta de que eso de la mejor cerveza no existía, que dependía del momento. Resultó que a veces la mejor cerveza era una Hoegaarden. Descubrí la cervecería Comic, de cuyo nombre sí quiero acordarme: no suele pasar más de un més sin que vaya por allí y me tome un chivito de ciervo acompañado de una Gulden Draak.

Desde mi pequeño rincón en el mundo he podido probar cervezas lejanas. Tengo que dar las gracias a muchos amigos que me han traído cervezas y etiquetas finlandesas, chinas, suizas... de muchos sitios donde aún no he estado. Con cada cerveza sigo disfrutando y las novedades siempre me entusiasman. En mi viaje a Bélgica me enamoré de Cantillon y ahora espero el próximo viaje, que sin duda me traerá muchos más placeres: relacionados con la cerveza y no relacionados, que todos son buenos.

Yo me inicié así en la cerveza. No sé como lo harán los nuevos cerveceros. Años después de esas noches de botellón empezaron a regar el suelo de las plazas para impedirlo. Y llegó la ley anti-botellón, que impide beber en la calle, o comprar cerveza (y cualquier otra cosa alcohólica) por la noche. Tampoco se puede beber si eres menor de 18, creo, así que no sé si ahora se despacha alcohol a los chicos del insti con vienen con mochilas. Supongo que sí.

Amantes de la cerveza seguirán apareciendo. Yo espero compartir esta afición con mis amigos y, si algún día tengo hijos, con ellos. Así ellos podrán contar, en el futuro que su padre (un formidable millonario) les inició en el mundillo, apasionante, de la cerveza.

Así sea.



La banda sonora es de Obrint Pas, en uno de sus primeras canciones. Los vi por primera vez en la Alquería del Barbut, a medias alquería y a medias centro social ocupado. La alquería estaba en medio de la huerta que rodea Valencia. Hoy ya no está ni la alquería ni la huerta.

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